sábado, 19 de diciembre de 2009

Abrazo nocturno

Son las 5. La noche ha ido creciendo en sensaciones. Quedaban pocos compañeros en el garito de turno, y aún a pesar de la caminata hemos varado a orillas de una dulce playa. Nos acompaña una botella de cerveza envuelta en papel marrón, mientras el rumor de las olas nos invade poco a poco. Miguel, con la idea ya fija en su cabeza desde hace mucho rato, no duda en dejar su ropa sobra la lisa arena y salir corriendo desnudo directo al mar. Daniel y yo (otra vez la tríada de nombres, aunque no exactamente de personas) nos dejamos tentar por la libertad que desprende ese cuerpo desnudo entre la espuma y los reflejos, y con prisas nos unimos en igualdad de condiciones a ese canto a la oscuridad. Somos el centro del Universo. Las olas baten por nosotros. La luna está desaparecida, pero las farolas suplen su labor con eficiencia. Giran los peces y las estrellas a nuestro alrededor. No hay nadie más en este mundo, mientras el mar infinito nos abraza con su oscuro manto.
Son las 7. Las intesas ondas han dejado lugar a un pequeño reflujo que viene y va, subiendo por nuestras sienes, moviendo la realidad. La arena de nuestros pies deja pequeños senderos en el piso del apartamento, desvelando nuestra procedencia. No hay tiempo para más. Cada uno acepta su posición. Un último abrazo, despedida, nocturno, aunque ya no oscuro.

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